40 Restaurant Geraldine  
El maldito restorán Geraldine, cuna de Incansables ladrones.  
En 1996, regresando de Venezuela a Chile, por recomendación de mi hermano Sergio y  
con la idea de instalar un restorán y tienda de delikatessen al estilo de uno muy exitoso  
que había en Caracas, compré dos casas en la avenida Juan XXIII, en Vitacura, a una casa  
de distancia de la rotonda de la Clínica Alemana  
Desde Venezuela empecé a desarrollar el proyecto de remodelación de lo que sería el  
elegante restaurante Geraldine, y donde también funcionaría la empresa Proboka, de  
importación y distribución de Delikatessen.  
Después de algún tiempo algunas de estas Delikatessen eran con marca propia,  
elaboradas en Italia. De modo que empecé a fabricar en Italia productos de propiedad de  
una empresa chilena. Comencé a explotar el concepto de maquila en forma invertida:  
ahora se maquilaba en un país de primer mundo desde un país del tercero.  
El Restaurant Geraldine y la empresa Proboka fueron mi más grande fracaso comercial y  
los siete años más difíciles de mi vida, período en el que me robaron toda la fortuna que  
había logrado acumular en más de 20 años de trabajo en Venezuela.  
Desde Venezuela estuve dirigiendo el proyecto de construcción de las instalaciones del  
restaurante Geraldine, obra que estaba a cargo de mi hombre de confianza, Osvaldo  
Acosta Román, quien pude observar que no tenía ningún apuro en terminar la obra  
porque como más adelante pude constatar se estaba enriqueciendo tanto cuanto podía  
con la ejecución de los trabajos que se le habían encomendado.  
En efecto cuando finalmente me instalé en Santiago haciéndome cargo de terminar la  
obra, cuando pedí cotizaciones por los últimos muebles e instalaciones de madera que  
había que desarrollar, Osvaldo llegó con una cotización elaborada por su amigo René  
Catalán, por un monto de tres veces mayor que el de las demás ofertas que conseguí por  
el mismo trabajo. De modo que por cada compra o trabajo a realizar Osvaldo pretendía  
ganarse un 100 ó 200 por ciento ahí donde no debía ganarse nada porque era mi hombre  
de confianza, estaba recibiendo un excelente sueldo y además llevaba participación en las  
utilidades de la empresa.  
En esos días también contraté a José Corry, maldito arrastrado calvo que llegó hasta mí  
con muy buenas recomendaciones, experto en equipos de cocina, panadería y pastelería  
como los que necesitábamos adquirir. Hoy José ofrece sus servicios a incautos a través de  
la empresa Tinajita LLC, Fort Lauderdale.  
Apenas compré los equipos que me sugería, Corry no siguió trabajando en nuestra  
empresa porque, según dijo, consiguió una oferta mejor. Un par de años después, para mi  
sorpresa pude constatar que Corry había pedido a los proveedores una comisión del  
treinta y más por ciento por cada equipo que nos recomendó comprar, comisiones que  
por un monto de más de 30.000 dólares salieron de mi bolsillo. Recién entonces  
comprendí su naturaleza y su apuro por alejarse de nuestra empresa tan pronto  
compramos los equipos que recomendó adquirir.  
Ya antes de inaugurar el restorán Geraldine, me percaté del grave error que había  
cometido al invertir en ese negocio e intenté venderlo para reducir las pérdidas. Pasé  
algunas semanas negociando la venta al propietario de la pastelería Mozart, pero las  
condiciones que le imponían los bancos lo disuadieron de comprar y me obligaron a seguir  
enfrentando un negocio destinado al fracaso.  
El Restorán Geraldine significó siete años de mi vida durante los cuales prácticamente  
cada día estuve al borde de la quiebra, trabajé haciendo el mayor de los esfuerzos e  
invertí en ese emprendimiento los recursos que obtuve al vender el Varadero de San  
Francisco y casi todo lo que obtuve de la liquidación de cuentas con Clérico derivada de  
haber ganado la demanda de nuestro Consorcio contra el Instituto Nacional de  
Hipódromos de Venezuela.  
El año 2002 vendi parte del restorán Geraldine a mi amigo y socio minoritario en esa  
empresa, Juan Caprile Solera, bella persona.  
Pocos años después, Caprile quebró.  
En la recepción de la empresa trabajaba una muchacha casada y a decir verdad  
físicamente no muy atractiva pero excelente persona. Estuvo en el puesto varios años.  
Todos los dias su esposo la traía y la venía a buscar.  
Cuando ella ya tenia algunos años en la recepción, entró a trabajar como encargado de  
mantenimiento eléctrico y de maquinaria de la empresa un joven sencillo y apuesto.  
Todos los días, cada vez que podía hacerlo, se instalaba en la recepción a tratar de seducir  
a la recepcionista, cosa que logró al cabo de dos o tres años de incansable esfuerzo.  
Una noche, pocos días antes de entregar la empresa a mi socio Juan Caprile con quien ya  
había acordado la compraventa, el seductor electricista tuvo que quedarse toda la noche  
trabajando para resolver algunos problemas de mantenimiento.  
Al día siguiente me informó que el vigilante nocturno, un borracho empedernido, y el  
bodeguero, un retorcido mapuche, todas las noches llenaban la camioneta de la empresa  
con productos de la bodega y el vigilante se los llevaba vaya a saber uno a dónde.  
El electricista seductor dijo que los coludidos lo habían invitado a formar parte de su  
sociedad para evitar que él pudiera denunciarlos.  
Cuando al día siguiente el electricista me dio noticias de la grave situación llamé a la  
policía de investigaciones de Chile. Los agentes interrogaron a todos los empleados. Se  
llevaron preso no sólo al vigilante y al bodeguero sino a varias otras personas acerca de las  
cuales pudieron determinar que estaban involucradas en ese robo gigantesco.  
Un par de días después le entregué la empresa a Caprile y me fui del restorán para  
siempre.  
Ese mismo día se robaron todos los computadores de la empresa.  
Si hay alguna característica o algún hecho destacado que yo pueda mencionar acerca de  
los siete años que trabajé en la empresa y restaurant Geraldine es que las personas que  
ahí trabajaron, prácticamente sin excepción, resultaron ser inmensos ladrones.  
Numerosos empleados de la empresa a quienes dimos grandes ayudas, para con quienes  
tuvimos las mayores deferencias y a quienes dimos grandes oportunidades de surgir y de  
incrementar su remuneración, invariablemente todos y cada uno de ellos tuvieron que ser  
desvinculados por ladrones.  
La mayor parte de estos ladrones fueron denunciados por el vigilante borracho quien  
después, asociado con el bodeguero mapuche resultó ser el mayor de los ladrones del  
Geraldine lo que es un inmenso mérito porque no era un título fácil de alcanzar.  
Entre las excepciones que debo mencionar de personas que trabajaron el Geraldine y que  
fueron honorables están Mauricio Yánquez de la Cerda, la recepcionista seducida, mi socio  
Juan Caprile, don Héctor Brandan, el contador Baez, Francisco y Sergio Andrés García  
León, Luis Villablanca, el electricista seductor y Ariel Encina.