treinta y más por ciento por cada equipo que nos recomendó comprar, comisiones que
por un monto de más de 30.000 dólares salieron de mi bolsillo. Recién entonces
comprendí su naturaleza y su apuro por alejarse de nuestra empresa tan pronto
compramos los equipos que recomendó adquirir.
Ya antes de inaugurar el restorán Geraldine, me percaté del grave error que había
cometido al invertir en ese negocio e intenté venderlo para reducir las pérdidas. Pasé
algunas semanas negociando la venta al propietario de la pastelería Mozart, pero las
condiciones que le imponían los bancos lo disuadieron de comprar y me obligaron a seguir
enfrentando un negocio destinado al fracaso.
El Restorán Geraldine significó siete años de mi vida durante los cuales prácticamente
cada día estuve al borde de la quiebra, trabajé haciendo el mayor de los esfuerzos e
invertí en ese emprendimiento los recursos que obtuve al vender el Varadero de San
Francisco y casi todo lo que obtuve de la liquidación de cuentas con Clérico derivada de
haber ganado la demanda de nuestro Consorcio contra el Instituto Nacional de
Hipódromos de Venezuela.
El año 2002 vendi parte del restorán Geraldine a mi amigo y socio minoritario en esa
empresa, Juan Caprile Solera, bella persona.
Pocos años después, Caprile quebró.
En la recepción de la empresa trabajaba una muchacha casada y a decir verdad
físicamente no muy atractiva pero excelente persona. Estuvo en el puesto varios años.
Todos los dias su esposo la traía y la venía a buscar.
Cuando ella ya tenia algunos años en la recepción, entró a trabajar como encargado de
mantenimiento eléctrico y de maquinaria de la empresa un joven sencillo y apuesto.
Todos los días, cada vez que podía hacerlo, se instalaba en la recepción a tratar de seducir
a la recepcionista, cosa que logró al cabo de dos o tres años de incansable esfuerzo.
Una noche, pocos días antes de entregar la empresa a mi socio Juan Caprile con quien ya
había acordado la compraventa, el seductor electricista tuvo que quedarse toda la noche
trabajando para resolver algunos problemas de mantenimiento.
Al día siguiente me informó que el vigilante nocturno, un borracho empedernido, y el
bodeguero, un retorcido mapuche, todas las noches llenaban la camioneta de la empresa
con productos de la bodega y el vigilante se los llevaba vaya a saber uno a dónde.
El electricista seductor dijo que los coludidos lo habían invitado a formar parte de su
sociedad para evitar que él pudiera denunciarlos.
Cuando al día siguiente el electricista me dio noticias de la grave situación llamé a la
policía de investigaciones de Chile. Los agentes interrogaron a todos los empleados. Se
llevaron preso no sólo al vigilante y al bodeguero sino a varias otras personas acerca de las
cuales pudieron determinar que estaban involucradas en ese robo gigantesco.
Un par de días después le entregué la empresa a Caprile y me fui del restorán para
siempre.
Ese mismo día se robaron todos los computadores de la empresa.