18 Graciela Goncalves

Corría el año 1984.
Cuando la vi por primera vez era una preciosa joven, callada, elegante, dinámica,
impecablemente limpia, cuerpo, culo y muslos insoportablemente perfectos.
Aparecí ante ella como el mandamás de la empresa Koyaike, que construía para
Constructora Santiago algo más de 200 viviendas..
Graciela se desempeñaba como asistente del gerente general de Constructora Santiago,
inmobiliaria de chilenos que construía algunos cientos de viviendas económicas en La
Guacamaya, Valencia, Venezuela, cargo que ocupaba el ingeniero Alberto Güida,
simpático, mala gente, resentido y abusador.
Güida fue narrador y protagonista de una de las anécdotas mas sabrosas que escuché en
mi vida:
Tenia alrededor de 15 años, gordito, tímido inseguro.
En la vecindad vivía una compañerita de colegio osada y juguetona.
Un día en que la chica estaba en cama postrada por alguna enfermedad su madre llegó
hasta casa de Alberto a pedir que éste pudiera dar clases de matemáticas a la simpática
compañerita.
Alberto se negaba. Su madre lo llevó hasta casa de la vecina y lo dejó, rojo de vergüenza,
sentado en la punta de una silla lejos de la cama desde donde la muchachita lo observaba
juguetona y divertida.
Al poco apareció la madre de la enferma y dijo: Los dejo, me voy de compras… estudien...
Albertito te la encargo… está mal en matemáticas.
Alberto se quería morir.
Segundos después asomó un hermano de la muchachita, chico de 9 ó 10 años, alegre y
descarado.
Miró a Alberto y le dijo: Vos, guatón, a lo que venís aquí es a puro culiar… a puro culiar.

Aparenté desinterés en Graciela. Cuidé darle oportunidad de observarme.
Después de estar frente a ella algunos minutos cada vez que fui a reuniones con su jefe, la
invité.
Me dijo que pasara por ella a su casa a las 20 horas.
Como buen contratista de construcción, al salir del trabajo llegué a la cita mal vestido y sin
bañar.
Sentados en el porche de su casa, dijo que su padre no le dio permiso para salir con un
hombre casado, con lo que la cita quedaba cancelada.
Le hice ver que había gastado media botella de whisky limpiando mis botas nada mas para
estar presentable ante ella.
Pocos dias después, cerca de navidad, tras salir de reunión con Güida la volvi a invitar.
Me dijo que pasara por ella al término de su jornada, a las 1800, y que la acompañara a
comprar algunos regalos.
Pasé por ella en el horrible Ford Fairlane 500, año 1977, color mierda clara y techo blanco
de mi señora esposa, Lilianette.
Fuimos a cenar.

Cuando la llevé de regreso a su casa, mientras conversábamos en el carro le dije si en
treinta minutos no te has bajado te secuestraré.
Mujer molusco, reservada y decidida, no se bajó.

Cuando en la mañana siguiente desperté a su lado desnudos empecé a beber de ella un
magnifico desayuno durante el cual la levanté en mis brazos y me puse a caminar por el
cuarto siempre bebiendo de ella.
Me bañó pecho y espalda con su maravilloso caldo torrencial de cuantía nunca vista ni
vuelta a ver. En ese momento no comprendí que ese había sido un bautismo que creó una
relación irrompible.
Cuanto por fin pudo hablar, mujer de pocas palabras, contó que desde muy jovencita
había sido amante de un uruguayo quince años mayor que ella, bajito, prepotente y
abusador, y que se había entregado él a su manera propia de “Gabriela, clavo y canela”, la
del maravilloso escritor brasileño Jorge Amado a quien Graciela leía incansable; que
nunca había disfrutado realmente del sexo; y, que la primera vez que había tenido un
orgasmo fue cuando me bañaba durante nuestro eufórico paseo.
Volvimos de la playa tres dias después.
Bucear en esas aguas cristalinas y disfrutar de su maravillosa desnudez resultó devastador.

Era tan bella y atractiva que la primera vez que viajamos a París en un Boeing 747, tras
algunas horas de vuelo apareció uno de los pilotos y le entregó una botella de champaña
de la mejor calidad, diciéndole que era el premio que tenían para la mujer más hermosa
del avión.

Pasamos dos años de ocasionales maravillosas relaciones sexuales.
En algún momento Graciela regresó a vivir a Uruguay.
Algún tiempo después de su partida, sin avisarle, viajé desde Caracas a buscarla.
Tampoco en ese momento fui consciente de que llevaba su bautismo conmigo y de que lo
nuestro que parecía ser nada era mucho más que lo imaginable.
La encontré en la playa en Pocitos.
Estaba tan quemada que su piel reseca me resultaba irreconocible, pero estar con ella me
fue tan grato como siempre.
Tuve oportunidad de conocer a su madre, mujer solitaria, enferma de la piel, muy bella
persona, y a su hermano, un tipo pinteado, agradable, mujeriego e inseguro.
Poco tiempo después Graciela regresó a Venezuela no recuerdo si conmigo o después de
yo haber regresado.

A 180 kilómetros por hora, en medio de una niebla que solo permitía ver dos de las rayas
que pintan en la autopista para mantener la distancia entre vehículos, viajamos de Múnich
a Viena. Algo mas de dos horas de irresponsabilidad total. Ella en silencio. Yo comiendo
chocolate negro relleno con mazapán.

Cerca de Grenoble subimos por la montaña hasta donde lo permitió el auto, buscando
nieve en la soledad mas absoluta, lejos de todo. Con una manta al piso pasamos ahí la
tarde.

No quiso tener sexo en el mirador de ninguna de las catedrales que visitamos. Años
después confesó que se arrepentía de haber incurrido en ese pecado de soberbia. La
tentación que es expresión de la voluntad divina. No caer en ella constituye pecado de
soberbia.

En el hotel junto al lago creado por la represa del Guri, el 30 de diciembre el personal se
retiró. Nos dejaron solos hasta el 2 de enero. Fue una maravillosa celebración de Año
Nuevo.

Quedó embarazada, a raíz de lo cual nos fuimos a vivir juntos.
Ella incansablemente buscó departamentos donde pudiéramos vivir.
Cuando nació Claudia vivíamos en un piso 23 o similar en un edificio en la Av. Rómulo
Gallegos, a la altura de El Marqués.
Dado lo muy difícil que soy, intolerante al ruido de la ciudad y de los vecinos, alérgico a las
alfombras y lleno de mil exigencias, nos cambiamos de departamento y de lugar donde
vivir más de 10 veces, creo que 24 veces, hasta que finalmente ella alquiló en Sebucán,
Caracas, una casa donde vivimos un año y luego en Los Cortijos, cerca del Parque Los
Chorros, una agradable casa donde vivimos algo más de un año hasta que compré y
habilité la casi mansión “Don Gerardo”, en la parte alta de La Castellana, que compré por
400,000 dólares que pagué de contado mediante transferencia bancaria, en la que
vivimos hasta que la grave crisis bancaria de Venezuela me indujo a vender esa propiedad.
Entonces nos fuimos a vivir a un pequeño departamento en Santa Sofía, en El Cafetal.

Graciela siempre fue una persona maravillosa. No sólo buscó y alquiló los muchos
domicilios que tuvimos y los ordenó y los mantuvo limpios y perfectamente ordenados.
Jamás tuvimos una discusión o alguna diferencia. Llevamos una relación inmejorable.
Callada, inteligente, culta, excelente lectora, brillante ejecutiva, siempre tuvo trabajos
muy bien remunerados y más bien fue ella quien me mantuvo y no yo quien atendió
nuestros gastos.
Cuando nos separamos no me pidió nada en términos económicos y en ningún aspecto.
Más tarde, cuando me fue posible, le hice llegar una importante cantidad que le permitió
pagar la hipoteca de su departamento en Montevideo
Siempre consideré que haberme separado de Graciela, después de convivir
maravillosamente con ella durante trece años, fue una gravísima infundada ofensa que le
infringí sin que se lo mereciera por razón alguna.
El haberme enamorado de Irisnorth puso término a mi relación con Graciela.
El brutal conflicto de dejar a una mujer maravillosa por otra que todavía no conocía del
todo pero que suscitaba en mí sentimientos irreprimibles, quedó plasmado en un libro de
versos cuyo último poema es el siguiente:

legítimo

Cerré la puerta
al mundo
y entré lentamente
porque viene conmigo
la subversión que triunfó.

Todo este hogar que rodea y protege,
que alberga pasos que amo,
no tiene fuerza que amarre
esta gran perturbación.

Estos pasillos donde parecen luciérnagas
los ojos de los niños que revolotean
cuando la luz languidece por las tardes
ahora parecen un largo túnel
que contendrá mi silencio
o servirá de asombrosa bocina
cuando se agote la lucha que libran
el querer pronunciar con euforia mis cantos
y el deseo de guardar contenido silencio.

Todo el amor que recibo no basta.
La pálida mesa servida no brilla ni agota
y su aroma despierta recuerdos
que no caben aquí, que florecen
en las tierras que comienzan
donde mueren las paredes.

Arrasado otra vez por el fuego natural
contengo mi canto preñado de un aliento
que torna las palabras latigazos
que las priva del mensaje que abre
a cada verso una grieta en la piel
sangrante de aquélla que abandono.

¿Debo volver?

La puerta grita a mis espaldas
un cielo abierto a mi canto.
Que salga a entonarlo.
Que afuera nada habrá que lo contenga
que las palabras se pierdan

en euforia camino a las estrellas
que a nada me aferre, que la vida
ya anda por ahí dictando mi destino.
que me llama a encarar el desafío.

¿Qué hacer?

¿Es legítimo matar este amor que no ha muerto
privarlo de esta inspiración que le doy
olvidar que la fuerza inagotable aquí nació
se nutrió de este ambiente y este amor?

¿Podré algún día decir a los míos
que por fin estoy aquí para quedarme
si aunque las velas parezcan reventar,
tan pronto otro viento explota con más fuerza
salto enloquecido buscando más velas que extender
capturarlo sentir plenitud vertiginosa?

No partir no aceptar rechazar atiza las brasas
alienta irremediable el fatal encantamiento.

Esta agonía da fuerza a los vientos que me arrasan
y a pesar de lo que piense y lo que crea
talvez pretenda con mi lucha asegurar mi muerte
a manos del dios que me digo que quiero matar.

¿Es legítimo arrancar otra vez
de sus goznes las puertas y partir?
¿Dejar todo aquí y alejarme sin otro vestido
que esta fuerza que hierve incansable?

Más que legítimo es grave imperativo
encendida y ejemplar obligación
abandonar el debatirse
y atizar con valentía
el fuego voraz la pasión
que exalta que inspira que aguza los sentidos
que rescata la razón del animal interior.

El vestido el perfume la palabra la mesura
hacen que el hombre parezca reposado y gentil.
Se diría que milenios de lluvia de esfuerzo y de sol
lo han tallado racional.


Pero es poco lo que avanza su remar sin pausa,
si amarrada está la nave a los árboles más gruesos
a su espalda a lo lejos allá justamente
en lo oscuro en el centro de la selva.

¡Y en buena hora!
Pues subleva imaginar
que un día en efecto se haga la luz
y pueda mirar indiferente el mundo luminoso
contemplar inconmovible la belleza
palpar lo incomprensible tocar lo que enloquece
escuchar lo que seduce y desconcierta
sin que de pronto comprenda que ya es tarde
que en medio de la imagen que lo hiere
que lo aterra y lo conmueve se percibe
que galopa desbocada la subversión que triunfó.