16 Sender Rahmani
No recuerdo cómo conocí a Rahmani, ruso americano bajito, muy fornido, de alrededor de
80 años, con marcapasos, trabajador incansable, dueño de un Spanglish inolvidable y de
frases cortas que solía repetir. Entre ellas: “las mujeres son una organización
internacional” y “no tanto simplificada cosa”
A los 15 años, durante la revolución rusa, trató de escapar de su país. Fue aprehendido y
llevado a juicio.
El juez que lo indultó era un muchacho que había sido compañero de colegio.
En su segundo intento de fuga llegó a París.
Terminó en Nueva York donde se ganó la vida peleando en las calles, lo que sin duda era
cierto porque aún a los ochenta años, cuando llegaba a saludarlo algún enorme
contratista americano de los muchos que trabajaban para él en Venezuela, el pequeño
Rahmani lo tumbaba fácilmente con alguna llave de lucha libre.
En Nueva York Rahmani llegó a ser un gran empresario inmobiliario y contratista de
construcción.
Según contaba, desarrolló la urbanización donde vivían los Rockefeller en Nueva York.
Cuando el programa de la Alianza para el Progreso, de Kennedy, Rahmani compró ocho
millones de metros cuadrados de terreno en lo que después se llamaría Ciudad Alianza, a
unos 15 km de la ciudad de Valencia, entre Valencia y Maracay, en Venezuela donde
cuando lo conocí construía miles de viviendas y algunos edificios de cuatro plantas.
Su régimen de vida era frugal.
Con muy pocas excepciones, todos los días viajaba temprano desde Caracas a Ciudad
Alianza y todas las noches regresaba a Caracas.
Así hasta el día jueves cuando viajaba a NY, donde tenía a su esposa y a su hija.
Los lunes estaba de regreso en Caracas.
Se alojaba en un viejo hotel en el centro de la ciudad, frente al cual en otro edificio
igualmente viejo tenia su pequeña miserable oficina en la que mientras conversábamos
anotaba incansablemente con letra ínfima, en pequeños pedazos de papel recortado de
una hoja tamaño carta, las muchas tareas que tenía que desarrollar al día siguiente.
Su jornada empezaba muy temprano. Muchas veces nos reuníamos en su oficina en
Caracas a discutir de obras y de precios, a veces hasta las 2 y 3 de la mañana.
Como buen judío, era muy duro discutiendo precios.
Sólo nos pagaba por la mano de obra. Su empresa ponía los materiales.
Durante las negociaciones me decía que yo debería trabajar gratis para él considerando lo
mucho que estaba aprendiendo de nuestras negociaciones y de la experiencia de trabajar
con él.
Nuestra empresa recién creada, Koyaike, que venía saliendo de ser estafada por Jorge
Kasabasian Papadam en la construcción de la Torre Cosmopolitan de Maracay, pronto
contrató con Rahmaní la construcción, en un plazo de cuatro meses, de 14 edificios de
cuatro plantas con el sistema Lift Slab, y la construcción de algunas decenas de viviendas.