05 María Cecilia Correa Vivanco
“La Cocha” fue el primer gran amor de mi vida.
Pasé dos o tres años soñando con ella e intentando conquistarla hasta que un 2 de mayo…
La fecha se me quedó grabada para siempre.
No podía creer que fuera verdad que ella se interesaba en mi.
Numerosos amores empaparon una vida que me permitió disfrutar la tempestad de
muchos de ellos, nunca suficientes.
El balance final arroja que solo dos fueron gravemente insoportables y estuvieron siempre
presentes: el primero y el último.
Con la Cocha caminamos Viña del Mar durante seis años.
No hubo locura que haya dejado hacer por esta bella y silenciosa jovencita.
En esa época era caro llamar por teléfono desde Santiago donde yo estudiaba, a Viña
donde ella me esperaba.
Descubrí que si llamaba tarde en la noche a la compañía de teléfonos y pedía que me
comunicaran con el teléfono de mi Dulcinea bastaba dar como teléfono de origen o
teléfono desde el cual yo llamaba un número cualquiera que yo escogía de la guía de
teléfonos.
A esa hora la muchacha que hacía la comunicación no se preocupaba de llamarme de
vuelta para verificar la autenticidad del número desde el cual yo declaraba estar llamando.
Así hablamos cada noche durante horas con cargo a desconocidos terceros.
Años después llegó a casa de la Cocha una cuenta de teléfono por alrededor de cincuenta
mil dólares, una fortuna en esos tiempos, que el adusto y poderoso padre de la jovencita
desconoció y se negó a pagar.
Imagino que la hermosa muchachita diría a su padre que no se explicaba qué llamadas
podrían haber generado esa cuenta.
Cuando estaba en Viña, al regresar de su casa, ya tarde en la noche me instalaba en el
techo del edificio donde yo vivía, a pocas cuadras de su casa y desde ahí con una
improvisada radio entraba a la frecuencia pública de onda larga y emitía un programa de
radio que ella podía escuchar como si fuera de una emisora normal.
Tal vez para demostrarnos que no temíamos a aparecidos, en las noches entraba al
cementerio de Santa Inés con mi amigo Pancho Mora.
Jugábamos a escondernos en las tumbas y a tratar de asustarnos. Haciamos ruidos y gritos
de ultratumba.
Robábamos cruces y coronas de flores.
Yo dejaba mi corona en la puerta de la casa de mi amada cuyo padre, entonces ministro
de la Corte de Apelaciones de Valparaíso que llegó a ser presidente de la Corte Suprema
de Chile, imaginaba que tan delicados obsequios para su hija eran amenazas en contra
suya, temible magistrado.